Mi experiencia en la Brevet 300km

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Fecha de la carrera: 26 – 27 de Enero de 2019

Faltaba un cuarto de hora para las 5 de la tarde, y las(os) 49 participantes esperábamos con ansias y cierto nerviosismo la largada. A las 5 en punto de la tarde se da comienzo a la Brevet, en el Monumento a Manuel Rodríguez, ubicado en el Parque Bustamante. La primera dificultad son los 38° de calor que azotaban a la Región Metropolitana, y que no dieron tregua hasta bien avanzada la tarde.

Nada más salir de la Alameda y tomar Exposición, que nos llevaría camino a Melipilla, se forma el grupo de cabecera con unos 15 ciclistas, incluyéndome. En este punto comenzaba la segunda dificultad del día: el viento de cara que nos acompañaría hasta el PC1, en el km 70. El viento sumado al calor hicieron que mantenerse en el pelotón fuera bastante difícil, ya que no llevaba buenas piernas los primeros kilómetros, por lo que en ciertos momentos tuve que sprintar para no descolgarme. Pasado Talagante el grupo se había reducido a unas diez unidades e íbamos dando relevos en perfecto orden, como si de una contrarreloj por equipo se tratara.

Un poco antes de llegar al PC1, ya en Melipilla, paré en uno de los pocos locales abiertos, para comprar agua helada, ya que no me quedaba nada y el calor aún se dejaba sentir con fuerza. Fue así como me pasé del punto de control y tuve que devolverme, haciendo varios kilómetros de más (cosas que pasan). Después de unos cinco minutos en este PC, retomé la marcha rumbo al PC2, ubicado en María Pinto. Ya iba solo por la ruta y el camino no lo conocía, lo que sumado al atardecer hacían de este tramo algo muy bonito de pedalear. Pasado Chorombo ya era terreno conocido, así que la idea era seguir a ritmo para mantaner las piernas frescas, ya que recién iban 100 kilómetros y quedaba toda la noche por delante. Quedaban algunos kilómetros para el PC2, la noche estaba cayendo, y el cielo se empezó a llenar de estrellas y la ruta de luces de ciclistas que iban a la distancia. Los cantos de grillos se multiplicaron y los insectos nocturnos también. Cerca de las 10 de la noche llegué al PC2 (km 125), donde aproveché de tomar carbos y proteínas que llevé en una botella (Monster Plant); estiré un poco las piernas y partí rumbo a lo que sería la tercera dificultad del día, y posiblemente el muro de la Brevet: Cuesta Mallarauco por la cara oeste. El camino hacia la cuesta ya lo había hecho, pero de noche es totalmente distinto, ya que los cerros no se ven y no se sabe cuánto falta para que comience la escalada. Antes de eso, me preocupaba la poca cantidad de agua que llevaba en las botellas. A medida que avanzaba veía todos los locales cerrados y me estaba mentalizando para racionar líquido hasta pasada la cuesta; eran ya pasadas las 11 y un minimarket abierto fue como un oasis en el desierto. Cargué agua, me tomé un jugo y hasta me regalaron un bendito plátano. Ahora venía lo bueno y estaba cargado de agua y con la motivación a full. El falso llano que acerca a la base de la cuesta lo hice con dos cleteros que nos encontramos en la ruta, lo que hizo más entretenido ese tramo. Ya en la base de la cuesta cada uno encuentra su ritmo y se quedan atrás, por lo que afronto las rampas más duras en soledad total: era yo, la cuesta y la noche, algo que difícilmente voy a olvidar. Pese a llevar más de 150 kms en las piernas, me sentí bien en toda la subida, y ahora venía la bajada, que había que afrontar con cautela ya que la pendiente lleva a tomar grandes velocidades, lo que sumado a la gran cantidad de curvas cerradas, puede llevar a un accidente.

En el PC3 (km 170) había un gran grupo de ciclistas descansando y comiendo, así que me uní a ellos por un par de minutos y aproveché de salir un poco después de un grupito, para no afrontar completamente solo la segunda mitad que nos llevaría hacia las cercanías de la Laguna de Aculeo. Un par de kilómetros más adelante ese grupito se detuvo y me quedé pedaleando solo. Todo este tramo ya lo conocía bastante bien, así que me dediqué a pedalear a buen ritmo. Llegando al puente La Puntilla, la luna se dejó ver en todo su esplendor, dándole a la noche más misticismo aún. De ahí a Valdivia de Paine los caminos estaban desiertos y la oscuridad reinaba en todo momento. El frescor de la  noche y la gran cantidad de árboles al costado del camino en todo este trayecto, me evocaba los caminos sureños, por lo que no podía estar disfrutando más del pedaleo. Ahora la meta era llegar a Champa, lugar del siguiente punto de control.

 

Llegué al PC4 (km 220) minutos antes de las 2:30 y acá me dispuse a descansar y comer por unos 10 minutos, momentos en los que un grupito de unos 8 ciclistas llegaron también a descansar y a marcar su paso. Salí antes que ellos, esperando que me pillaran más adelante. Los kilómetros pasaban y no se veían. Llegué a Chada y a lo lejos se veían varias luces en fila; luego me pillarían. El largo trayecto a Pirque suponía un esfuerzo mayor, ya que de a poco se iba ganando altura. De un momento a otro, nunca más volví a ver las luces. Quizás habían parado o estaba alucinando, quién sabe. Ya en Pirque, las rodillas empezaron a reclamar, pero no había más que seguir dando pedales hasta terminar, no había otra opción. Ya casi llegando al PC5 en el sector de La Puntilla (km 270) estaba un poco mareado y fatigado, y no me quedaba comida, por lo que paré algunos minutos para comer y estirar las piernas. Fue en este momento (5 de la mañana) donde por primera vez en la carrera me sentí cansado y con sueño. Ya no quedaba casi nada, así que antes de que me consumiera el cansancio, me subí a la bicicleta y seguí rumbo a los repechos de Pirque que serían la última dificultad de la jornada. Las piernas respondieron y seguí con lo que tenía hasta antes de afrontar el último tramo que me llevaría al centro de Santiago y a la meta: la bajada por Av. La Florida.

Este tramo lo hice gastando todo lo que me quedaba, ya que la meta estaba muy cerca y el grone me estaba esperando para escoltarme los últimos kilómetros. Pedalear juntos me dio un puntito extra para seguir más fuerte. Bajamos a toda velocidad hasta llegar a Irarrázaval, donde estaba esperándonos el polo. Ahora eran dos amigos escoltándome hasta meta. De ahí en más fue una fiesta. Ya el trabajo estaba hecho, amanecía, y sólo quedaba disfrutar y reír hasta la meta en Antonio Varas (km 305).

En total fueron 324 kms, contando dos perdidas ajajaja! La fiesta siguió con unos buenos platos de tallarines con salsa y una buena botella de bebida.

Mención especial para:

  • Vegan Running Culture, quienes me acompañaron al comienzo y al final de esta prueba.
  • RaceLight, quienes me facilitaron su foco frontal de bici RL-10 Crossover Black Series.
  • Austral Randonneurs quienes organizan estas increíbles pruebas de fondo y ultrafondo.